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Melania Díaz

TESTIMONIO DE FE DE UNA MADRE:

¡Hola a todos! Soy una mujer católica, que creció en una familia mexicana devota. Para mí, creer en Dios era algo cotidiano y natural, pues así me habían educado y no me había dado cuenta de que mi fe en Dios era inmadura; de doctrina y de libros. Hasta que me hice madre, quería que mis hijos adoraran a Dios y pensaba que ellos estarían convencidos de Su existencia y de que los ama. Pero cuando ellos crecieron y llegaron a la universidad, comenzaron a cuestionarme y a renegar de mis creencias y a sentir que yo les imponía mi fe y religión; por dar un ejemplo el ir a misa los domingos. Entonces me di cuenta de que no tenía muchos argumentos para convencerles y lamentablemente comenzamos a discutir.

Luego de caminar por varias experiencias y de equivocarme varias veces, comenzamos a bajar el estrés que se vivía en casa por esta razón. Hoy soy una mamá que vive despreocupada respecto a las creencias de mis hijos mayores, gracias a Dios ellos son buenos muchachos pero - Los jóvenes en la actualidad reciben mucha información del exterior que hace que la educación religiosa que reciben en casa se tambalee-. Y muchas veces por defender mi fe en Cristo y en la Santa Madre Iglesia, terminábamos en discusiones.

Luego reflexionaba La Palabra. Y poco a poco y a veces avanzando y otras veces retrocediendo iba dando saltos de fe. Dejando de adoctrinar a mis hijos. Actuando más y soltando mi confianza en Dios. Ahora sé que no es como yo quiera, ni cuando yo quiera, pero sé que El Buen Pastor los ama más que yo misma y que un día, el que menos me imagine, ellos tendrán ese encuentro con Él. Que no depende de mí, sino de su mismo vivir y caminar en la vida.

Me di cuenta de que mi fe en Dios era muy pobre. Poco a poco he ido creciendo en mi fe y soltando más a Dios su obrar en mí y en mis hijos, pues no son míos, sino de Él.
En casa la relación entre nosotros ha mejorado muchísimo, pues se acabaron las imposiciones y entonces comencé a darme cuenta de que no es con palabras sino con las obras que ellos van a creer que Dios vive en mí y nos ama.
Pues es El Señor quien actúa en cada uno de nosotros ¡Claro que yo sé que debemos esforzarnos por ser mejores cada día! Pidiendo a Dios que nos dé la gracia, sobre todo llevando amor, esperanza y alegría, más en estos tiempos tan difíciles que estamos viviendo, comenzando con los más próximos; por nuestra familia. Que muchas veces es lo más difícil…

Te doy gracias, Padre, Todopoderoso, por amarme tanto, a pesar de mis falta de fe y mis defectos; gracias por que a pesar de mis caídas y pecados voy hacia Ti poco a poco. Gracias por el regalo que me diste en la Cruz, de mi madre María, que con su ejemplo, sé que puedo ser mejor madre y esposa, y tomada de su mano camino por tus senderos. Sé que Tú siempre nos cuidas, velas por el resguardo de nuestra familia y brindas Tú escudo en estos tiempos tan difíciles, seguiré firme y constante si Tú me das la gracia de ser la madre que tu me pides que sea para mis hijos, seguiré avanzando por este camino hacia donde Tú nos lleves, ¡Te pido me concedas ser mejor cada día por amor a ti!, y en honor a tu nombre, ¡guíame por el sendero del amor, la alegría y la esperanza!.
Amén.

Misionera de María.

Agustín Ramírez

“No se puede obtener resultados diferentes, haciendo SIEMPRE lo mismo”
DESCUBRIENDO ALTERNATIVAS AL CAMINAR.

CONTEXTO.
Hace muchos años, éramos un grupo juvenil que tenía su sede en la Parroquia de San Juan Bosco en el DF, hoy Cd de México. Éramos un grupo entusiasta, dispuesto y numeroso que tenía por nombre las iniciales de las palabras que según nosotros nos definían: “Grupo Juvenil Apostólico Independiente (GJAI)” y en nuestro documento de programa y principios se explicaba el ¿por qué? Nos aplicábamos cada una de estas palabras. Solo resaltaría hoy la última: “independiente” y era porque no nos había fundado una Parroquia, por lo mismo, no dependíamos de una Parroquia en particular, colaborábamos incluso con varias haciendo trabajo con jóvenes y adolescentes, no teníamos un asesor fijo y sobretodo porque creíamos en la necesidad de construir un Mundo Mejor, digno de los Hijos de Dios, a través del trabajo conjunto, con personas y jóvenes de buena voluntad, independientemente del credo o no credo religioso que profesaran. Esto era un principio muy apreciado por nosotros, sobretodo porque fue algo que nos tocó defender con vehemencia cuando el grupo nació, ya que ese día, en nuestro primer día formal de reunión, el grupo dominante en la Parroquia, quiso impedir el nacimiento de Gjai porque decían que ese planteamiento no era aceptable en un grupo católico.
Nuestras actividades, después de aquel caótico primer día, fueron de retiros para jóvenes de ambos sexos, llamados “Jornadas de Vida Cristiana”, retiros para Adolescentes llamados “Horizontes”, semanas de Juventud, participar en la misa con cantos e instrumentos eléctricos, reunión de grupo semanal, actividades propias de un entorno juvenil (fiestas, paseos, convivencias, deportes, etc) y todo ello realizado en diferentes comunidades donde nos invitaron, aunque teníamos como base para nuestra reunión semanal a San Juan Bosco, que era una parroquia estándar en una colonia clase media, sin mayores problemas.

NACE UNA INQUIETUD, UN SUEÑO.
En una ocasión, después de una misión juvenil que algunos integrantes del grupo hicieron en los Reyes Michoacán, dos de ellos regresaron con la inquietud y obsesión de que deberíamos asumir un trabajo pastoral donde realmente se necesitara más de la Energía Juvenil y la posible creatividad que tuviéramos y así sacar realmente provecho de la intención de ser Apóstoles de Cristo. Después de mucha insistencia de estos compañeros y de visita a lugares posibles, se realizó una asamblea definitoria. En ella se decidió que el grupo cambiaría su sede a la Parroquia de Jesús Nazareno, ubicada en el norte del DF y donde la colonia tenía características de Ciudad perdida, como son: casas de carton, sin drenaje, sin servicio de agua o luz, sin títulos de propiedad sobre el terreno en que cada familia vivía y con evidentes problemas sociales como alcoholismo, drogadicción, inseguridad, violencia intrafamiliar, familias monoparentales, etc. Cabe aclarar que de los más de cuarenta que éramos al asumir este trabajo, sólo nos movimos trece a esta nueva sede y los restantes se cambiaron de Parroquia o regresaron a la que les correspondía por cercanía a su propia casa. Esto lo sentimos inicialmente como un cisma y tal vez ruptura del Espíritu que pregonábamos en como grupo juvenil apóstólico e independiente, pero años después descubrimos que tal vez esta (aparente) ruptura también se compaginó con los planes de Dios (pero es otra historia, que algún día contaremos) y así lo descubrimos años después.
En esta Parroquia de Jesús Nazareno, nos abrió las puertas del templo y de su corazón, un hombre santo y excelente sacerdote, el P. Abel Tellez, M.S.C. Un hombre dedicado y convencido de su ministerio que tenía ya 15 años en esta comunidad y que había intentado de diferentes maneras, hacer que la comunidad tuviera vida espiritual, que buscara al Señor; pero que no logró avanzar mucho, de hecho lo calificaba de fracaso, y sentía desánimo. Tal vez por ello, el P. Abel se alegró de recibir a estos jóvenes y ver otra alternativa y dio entonces una gran apertura para poder trabajar pastoralmente en la forma que el GJAI lo viera conveniente.

NUESTRO FRACASO
Empezamos a hacer todas las actividades que conocíamos para jóvenes, adolescentes, grupos y parroquias. Les empezamos a invitar al templo, a pláticas, íbamos a sus casas, les hablábamos en calles, patios, en las puertas de sus casas, quisimos hacer semanas de juventud, nos poníamos a cantar en la entrada del templo pero nadie llegaba, nadie nos pelaba y los pocos que llegaron a ir, se salían en cualquier momento. Era común que empezáramos con varios alguna reunión o evento y termináramos solos, solo quedaba el equipo organizador. Nada nos funcionó, sentíamos que la comunidad era muy apática y la culpábamos de no interesarse en su vida espiritual, incluso llegamos a pensar que no tenían nada de interés por su propia superación como personas y con su entorno social. Seis largos meses después y con muchos fracasos encima, que nos pesaron en el orgullo, empezó a permear en nosotros la idea de que tal vez el problema no era la comunidad, sino NOSOTROS, los portavoces que CREÍAMOS ser lo mejor, tal vez, nosotros ¡NO estábamos haciendo o no sabíamos hacer lo que teníamos que hacer!
Con esta espina e idea en la mente y corazón, empezamos a buscar respuestas, empezamos a preguntar, buscamos personas que trabajaban en comunidades sencillas, platicamos con sacerdotes, dos de ellos estaban en comunidades pobres y problemáticas, el P. Arnaldo Centeno S.J. y el P. Benjamín Bravo, sacerdote Diocesano. Esto nos abrió un mundo de ideas, empezamos a comprender la profundidad de palabras como “yo he venido a traer vida y en abundancia” Jn 10, 10; “el ayuno que yo quiero” Is 58; “he venido a traer buenas nuevas a los pobres…” Lc 4,18; etc. Gjai entonces, comenzó por pensar ¿qué haría Jesús estando aquí? ¿De qué les hablaría? ¿Cómo y dónde lo haría? De los consejos y de la reflexión, fue surgiendo un plan… La que después llamaríamos “Misión Coltongo,” que tenía como base, las siguientes ideas que íbamos concluyendo.

IDEAS QUE EMPEZARON A SER EVIDENTES: EL DESCUBRIMIENTO DE UN NUEVO CAMINO.

La temática (cuando la hubiera) sería sobre los intereses de la comunidad, sobre lo que ellos están viviendo, sobre lo que ellos (y no nosotros) sienten que necesitan y que debería dialogarse entre ellos en una forma sana. También debería haber momentos donde Dios, Cristo, La Biblia y la Iglesia pudieran dar pistas o luces sobre lo comentado. Las reuniones tendrían que ser un espacio de diálogo e intercambio de ideas y no un foro para choros, Rollos o doctrina. El espacio físico para reunión ya no sería el templo, donde GJAI o los que estamos en Iglesia, se podrían sentir cómodos, sino que tendría que ser en las calles, los patios, los callejones, los baldíos, etc., es decir, en los espacios donde la misma gente ya estaba o se reunía y que dialogando con ellos , aceptara compartir con extraños.

Las actividades deberían tener un ambiente informal y alegre donde no recibieran críticas ni rollos, sino en un primer momento haciendo planteamientos o preguntas ligeras que ayudaran a que cada quien expresara lo que piensa y siente sobre lo que se hubiera planteado, es decir, la labor del trabajador pastoral, sería sacar a colación un tema específico, facilitar el diálogo, escuchar y sistematizar para poder dialogarlo en un segundo paso en base a lo que la Biblia, la Iglesia o Cristo opinara y en un tercer momento sacar si se pudiera una conclusión y terminar conviviendo.

¿Y CÓMO CONCRETARLO? EL INICIO DEL PROCESO.
Para definir la temática y a la vez empezar a relacionarnos con la comunidad, preparamos una ENCUESTA de unas 12 preguntas que llevaban el objetivo de tratar de descubrir y entender lo que las personas sentían de sí mismas, de su vida, de su entorno, sus principales problemas, sus preocupaciones, su sentir en torno a Dios y la Iglesia. Estas preguntas serían memorizadas por cada uno de nosotros, porque esta investigación, sería en forma de diálogo con las personas de la comunidad, al visitarles casa por casa y “presentarnos como el equipo de trabajo de “X” Padre a manera de que nos conociesen”, así conviviríamos con ellos y platicando informalmente buscaríamos ir obteniendo las respuestas a las preguntas que habíamos memorizado. Desde luego, nunca usaríamos hojas ni anotaciones en su presencia, todo sería a memoria y en base a la charla que se tuviera.
Posteriormente con lo dialogado se llenaron los formatos de encuesta de cada visiteo, con ello logramos integrar una carpeta gruesa (tal vez más de 500 formatos) y a la vez hacernos “conocidos” en la comunidad como los jóvenes del P. Abel. Esto se realizó en un lapso de dos semanas y en otras dos más se hizo un vaciado de información para definir las necesidades de la comunidad junto con los temas que se debían abordar. Los temas que obtuvimos fueron: tenencia de la tierra, inseguridad, machismo, violencia intrafamiliar, alcoholismo y drogadicción. Curiosamente el tema Iglesia-Dios-vida espiritual y su situación social (falta de servicios como agua luz, drenaje) ¡no aparecieron como importantes!
Esto nos ayudó a descubrir que lo que nosotros vemos y pensamos, NO es necesariamente lo que las personas que lo viven sienten como prioritario y por lo tanto fue un llamado a saber escuchar y comprender a los destinatarios del servicio que queríamos hacer, esta contradicción nos ayudó a construir la pedagogía de la Misión, nacida de una premisa, ahora muy clara….Hay una Realidad concreta, pero hay diferentes formas de verla y sentirla. Por lo tanto, convendría usar la estrategia que proponía el P. Benjamín Bravo en su trabajo.

METODOLOGÍA.
En un primer momento, exponer objetivamente y sin calificar, un detalle o hecho que hayamos visto en la colonia durante el visiteo y así propiciar un diálogo entre ellos mismos, para que puedan escuchar las diferentes opiniones y tal vez buscar un consenso. En toda la reunión nuestra función sería facilitar la comunicación mediante preguntas adecuadas que le den materia y razonamiento al punto expuesto, sin forzar, sin imponer, sin tendenciar, sólo preguntar y preguntar y reunir las aportaciones. El segundo paso, sería poner a consideración de todos alguna parte de la Biblia que pudieran dialogar y razonar para sacar alguna conclusión de ese texto. Y finalmente en un tercer paso, unir esta conclusión del texto, con lo que inicialmente comentaron de su realidad para entonces, llegar (si se pudiera) a un consenso nuevamente, una conclusión del día y tal vez formar una idea sobre el ¿qué hacer? o de ¿qué repensar al respecto? Esto se condensó en un documento llamado “Misión Coltongo” que se expuso al Párroco para su Revisión, se aprobó y entonces, vino la siguiente etapa, la implementación, el ¿cómo?, el cual de ser posible platicaremos en próxima ocasión.

Pbro. Jorge Arturo Moreno Cruz

Carlos Méndez Uribe